SIETE DONES DEL ESPÍRITU SANTO - MONS. LUIS MARIA MARTINEZ - NESTOR GERMAN RODRIGUEZ

 

COLECCION CIRCULOS BIBLICOS No. 4

INTRODUCCION

Considerando que estos temas constituyen un conocimiento necesario para quienes profesamos la fe católica, he decidido  adaptarlo a la serie de libros publicados por mi persona en mi blog personal y así poderlo difundir entre mis allegados. Solo he incorporado algunas figuras alegóricas y la presentación  característica de mis ediciones.
Debo confesar que existen temas que en esta etapa de mi vida he querido ahondar, este es uno de ellos, además de las Virtudes Teologales y del Santísimo Sacramento del Altar que también recibirán este mismo trato. Recuerdo que he escrito antes temas religiosos como "La Casa de Dios" (San Benito Abad), "Iglesias y Capillas de mi pueblo" y "Testimonio de un Peregrino" en Jerusalen.

NESTOR GERMAN RODRIGUEZ

EL AUTOR

Mons. Luis María Martínez, quien fuera obispo mexicano y Arzobispo Primado de México (1937-1956), trigésimo segundo sucesor de Fray Juan de Zumárraga y custodio de la venerada imagen de la Virgen de Guadalupe del Tepeyac. Actualmente se encuentra en proceso de beatificación y es llamado popular y afectuosamente como "el santo del Espíritu Santo", aun cuando no está canonizado.

DONES DEL ESPIRITU SANTO

Sabiduría, Entendimiento, Ciencia, Consejo, Piedad, Fortaleza y Temor de Dios.



Aspectos generales. 

Sabemos bien que aun cuando todas las obras exteriores las realizan las tres Divinas Personas; sin embargo, con fundamento en la Escritura y la tradición, los teólogos apropian a cada una de Ellas aquellas operaciones que por sus características son más propias de aquella Divina Persona. De esta manera al Padre se le atribuye la creación, al Hijo, la redención y al Espíritu Santo la santificación de las almas. ¡Si pudiéramos contemplar esta obra maravillosa de la santificación de las almas! Me atrevo a decir que esa operación es la obra maestra del Espíritu Santo en la Tierra. Es verdad que la obra maestra del Espíritu Santo es Jesús: pero la santificación de nuestras almas ¿no es la prolongación y el complemento de la obra del Paráclito en Jesucristo? El misterio de Cristo abarca la multitud inmensa de las almas que son miembros del Cuerpo Místico de Jesús. Por eso me atrevo a afirmar que la obra santificadora del Espíritu Santo es su obra maestra, porque es el complemento de la obra que Él realizó en Jesucristo. En esta obra maestra del Espíritu Santo queremos ahora considerar los dones del Paráclito, tratar de ellos es tratar de la parte más fina y exquisita de la obra de santificación. Debo antes decir que el Espíritu Santo tiene dos formas de santificarnos: una, ayudándonos, impulsándonos, dirigiéndonos, de tal manera que nosotros seguimos teniendo la dirección de nuestra propia obra. La otra, cuando toma la dirección de nuestros actos. Una comparación nos ayudará a comprender mejor lo anterior. Imaginemos un pintor genial que quiere realizar su obra maestra. Permite que sus discípulos más aventajados preparen la tela y los colores y aún que pinten algunas partes no esenciales. Pero cuando llega a la parte más fina, allí donde va a revelarse su genio, Él sólo traza los rasgos finísimos de su obra maravillosa. Así, el Espíritu Santo dirige esa obra genial y quiere que le ayudemos, pero llega un momento en que de una manera personal pone los rasgos geniales de esa imagen divina. Para ello utiliza pinceles o instrumentos especiales que son sus siete dones. Nosotros tenemos también nuestros instrumentos que son las virtudes, las cuales recibimos junto con la gracia. Con ellas vamos destruyendo poco a poco al hombre viejo y trazando nuestro hombre nuevo al ir forzando nuestra imagen para que se parezca a Jesús, Pero llega un momento en el que Él toma directamente las riendas del potro salvaje en el que a veces nos convertimos y para ello utiliza como riendas los dones del Espíritu Santo. Los dones del Espíritu Santo son receptores divinos para captar las inspiraciones del Espíritu Santo. Y esas inspiraciones no son sólo acústicas, sino que también producen mociones en nuestra alma. Santo Tomás de Aquino nos enseña que para alcanzar la salvación de las almas son indispensables los dones del Espíritu Santo. No son por consiguiente, los dones, carismas extraordinarios que reciben los santos, no, son algo que todos tenemos y llevamos dentro en nuestro corazón. Ahora bien, ¿Cómo se desarrollan en nosotros los dones del Espíritu Santo? ¿Qué debemos hacer para que alcancen su pleno desarrollo? Tres cosas debemos hacer: a.- Acrecentar en nuestros corazones la caridad. Porque la raíz de los dones es la caridad. Cuando se ama se tienen intuiciones para descubrir las intenciones y deseos de la persona amada. b.- Desarrollar en nosotros las virtudes. Por medio de las virtudes infusas (infundidas por Dios) podemos ir perfeccionando nuestras facultades. Y a medida que las virtudes crecen se está preparado el camino para que el Espíritu Santo venga con sus dones a realizar la obra santificadora. c.- Ser dóciles a las inspiraciones divinas. Nuestro corazón debe estar en silencio, atento a lo que dice, dócil para seguir las inspiraciones divinas. Cuanto más recibamos y sigamos esas inspiraciones, más se irán perfeccionando en nosotros los receptores misteriosos que son los dones del Espíritu Santo. Ahora abordemos un panorama general de los dones del Espíritu Santo antes de referirnos directamente a cada uno. A grandes rasgos podemos contemplar el conjunto de nuestras facultades.

Por encima de todas ellas está el “entendimiento”. Es la facultad más alta que poseemos. La que nos hace semejantes a los ángeles, la que pone en nuestras almas un rasgo de la imagen de Dios. Por el don de Entendimiento, penetramos en las verdades divinas y para juzgar esas verdades tenemos otros tres dones: el de Sabiduría, que juzga las cosas divinas; el de Ciencia que juzga a las criaturas; el de Consejo que arregla y dispone nuestros propios actos. Respecto a nuestra facultad de “voluntad” tenemos un don, el de Piedad, que tiene por objeto arreglar y disponer nuestras relaciones con los demás. Parecería que Dios dejo débil esta parte de la voluntad, con un solo don, siendo que la voluntad es la facultad que sigue al entendimiento, pero no, Dios no se equivoca. Resulta que las virtudes teologales de la Esperanza y la Caridad, tienen una gran operación en la voluntad. Estas dos virtudes son superiores a los dones, y pueden al mismo tiempo tener función de virtud y de don y por lo tanto pueden ser utilizadas como don por el Espíritu Santo o sea sin la participación de nuestra voluntad. Finalmente, para dominar la parte inferior de nuestra alma, hay dos dones: la Fortaleza y el Temor de Dios. El primero nos quita el temor al peligro y el segundo modera los ímpetus desordenados de nuestra concupiscencia. Así, desde la cúspide de nuestro espíritu, hasta la porción inferior de nuestro ser, el Espíritu Santo tiene sus dones para comunicarse con todo el mundo interior que llevamos en nosotros, para poder inspirar y mover nuestros actos humanos. Es conveniente ahora, que, en los próximos capítulos, vayamos desmenuzando al detalle cada don. Haremos la revisión en orden ascendente*

Tal parecería que el Espíritu Santo dejó débil a la voluntad, con sólo un don, siendo que es la facultad que le sigue al entendimiento, para conseguir la salvación. Resulta que las virtudes teologales de la Esperanza y Caridad, tienen una gran operación en la voluntad. Estas dos virtudes son superiores a los dones y así tienen funciones de virtud y de don y por lo tanto, pueden ser utilizadas como don por el Espíritu Santo o sea sin nuestro consentimiento.

El don del Temor de Dios

A primera vista parece extraño que haya un don de Temor; por ventura ¿No todos los dones tienen por raíz la caridad? ¿Y no dice la Sagrada Escritura que el amor perfecto excluye el temor? Para comprenderlo es necesario recordar que existen varios tipos de temores: Hay un temor que nos aleja del pecado, pero que es demasiado imperfecto: es el temor servil. El cual consiste en el temor exclusivamente al castigo. Este tipo de temor no está comprendido en este don. Hay otro temor que es el llamado filial. Este temor filial corresponde a una repugnancia que siente el alma por alejarse de Dios. Este temor nace del amor a Dios. La Santa Escritura nos muestra muchos pasajes en que el Temor de Dios es el principio de la sabiduría. El temor servil puede ser útil al alma pues la detiene en la cuesta del pecado y la predispone para el temor filial. El don del Temor de Dios filial corresponde con las virtudes de humildad y de templanza, pues por un lado nos hace darnos cuenta de nuestra realidad de pecadores y por el otro nos hace controlar nuestros instintos dispuestos siempre a agradarnos. Los dones también tienen grados conforme a la perfección que van produciendo. Así, el primer grado del Temor de Dios produce horror al pecado y fuerzas para vencer las tentaciones. El 2° grado además de alejarse del pecado produce una adherencia a Dios, El 3er grado este don produce un efecto maravilloso, el amor a la pobreza y el desprendimiento de las cosas. Por ello se relacionas con la 1ª bienaventuranza¨

“Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el Reino de los Cielos”. 

Don de Fortaleza 

Para que podamos superar las dificultades y eludir los peligros, Nuestro Señor ha provisto dándonos un conjunto de virtudes que se agrupan en torno de la virtud cardinal de la Fortaleza. Son la paciencia, la perseverancia, la fidelidad, la magnanimidad, etc. todo un grupo de virtudes que, como un ejército en orden de batalla, está en nosotros para fortificarnos, para alentarnos.

Pero este grupo de virtudes sobrenaturales, aunque eficacísimas, no son suficientes para que podamos superar las dificultades; porque las virtudes, por más que sean sobrenaturales, tienen nuestro sello, tienen el modo humano, y nuestro espíritu, estrecho y limitado, el cual es muy débil. De manera que, para alcanzar la salvación de las almas, no basta la virtud de la fortaleza, con sus virtudes anexas, se necesita un don, un Don del Espíritu Santo, que lleva el mismo nombre de la virtud: el don de Fortaleza. Así, bajo la moción del Espíritu Santo, la pobre criatura se reviste de la fortaleza de Dios y como que desaparece nuestra debilidad, como que tenemos la fuerza de Dios en propiedad. Y no solamente por el don de Fortaleza tenemos la firmeza necesaria para superar todas las dificultades y eludir todos los peligros, sino que el Paráclito infunde en nuestras almas una confianza grande, una seguridad que produce en nuestras almas la paz. Gracias a Dios todos los bautizados tenemos este don, mientras estemos en estado de gracia. También hay grados en el don de la Fortaleza. En el 1° podemos realizar todo lo que sea necesario para salvarnos. En el 2°nuestra firmeza llega a tal grado que no hacemos solamente lo necesario sino más operaciones que recomienda el buen consejo, para glorificar a Dios. y en el 3° nos eleva por encima de toda criatura en fuerza para combatir y nos hace superarnos a nosotros mismos, colocándonos en el seno de Dios, donde reina una paz inalterable. 

El don de Piedad. 

El don de Piedad unifica de una manera admirable, todas las relaciones que tenemos con los demás, las guía, las hace más profundas y más perfectas. El don de Piedad no valora lo que se le debe a Dios, sino que el Espíritu Santo, a través de este don, desarrolla en nuestros corazones un afecto filial a Dios y así, por ser sus hijos, nos ocupamos de su honor y gloria. ¿Comprendemos la diferencia entre la virtud de religión y el Don de Piedad? La virtud de religión ve a Dios como soberano y el don de Piedad lo ve como Padre. Y se distingue claramente de la virtud de Caridad. Ya que ésta nos hace amar a Dios en Sí mismo, mientras que el Don de Piedad hace velar por su honor. Cuando San Ignacio tomó por lema “AD MAIOREM DEI GLORIAM” fue sin duda una moción del Espíritu Santo a través del don de Piedad. Los grados de este don de Piedad también son tres. En el 1° El alma se comunica generosamente con los demás. En el 2°grado la generosidad se incrementa dando no lo que te sobra, sino de las cosas necesarias para uno. En el 3° grado se entrega sin reservas a los demás, se da a si misma por los demás. Hemos visto hasta aquí los tres primeros dones del Espíritu Santo.  Los dos primeros, el Don de temor de Dios y el Don de Fortaleza, rigen nuestra sensibilidad, el 3° (el Don de Piedad) dispone nuestra voluntad para que tengamos dignas y santas relaciones con los demás. Ahora, en el siguiente inciso, empezaremos a hablar de los cuatro dones intelectuales. 

Los dones intelectuales.

Los cuatro dones del Espíritu Santo que nos faltan analizar son los cuatro dones intelectuales. Esos cuatro dones tienen por fin perfeccionar nuestra inteligencia e introducirnos profundamente en el conocimiento sobre-natural. A primera vista llama la atención que la mayor parte de los dones sean intelectuales; pero comprenderemos el motivo de ello si nos damos cuenta de la importancia que tiene la inteligencia en nuestras vidas. Antes de hablar de cada uno de ellos, debo señalar los caracteres generales de estos dones intelectuales. En primer lugar todos los dones intelectuales se fundan sobre la Fe. En Segundo: el que más ama más conoce. ¿Cuántos ha habido ignorantes que, sin embargo, hablan de las cosas espirituales y divinas mejor que los letrados? Es que aman y del fondo de su amor procede su conocimiento. Tercero: En el conocimiento que producen en nuestro espíritu, los dones del Espíritu Santo, no hay discurso, sino intuición. El discurso es algo humano. Las intuiciones tienen algo angélico o´ más bien, algo divino, ya que por el conocimiento de los dones se tienen intuiciones. Esta es la profunda explicación de los dones intelectuales; estos dones nos dan un conocimiento dulcísimo de las cosas divinas ¿Por qué? Porque las almas que poseen ese conocimiento aman y de las profundidades del amor, brota la luz, una luz esplendida, una luz celestial.

El don de Consejo 

Hay en nuestra inteligencia una forma de actividad profundamente práctica. Nosotros, para hacer una acción realizamos un proceso mental con el fin de examinar con cuidado, no sólo su conveniencia, sino su oportunidad y todas las circunstancias en las cuales nos encontramos. Para eso, para poder determinar con exactitud lo que en cada caso en particular debe hacerse, hay en el orden natural, la prudencia, y en el orden sobrenatural la virtud infusa y cardinal de la prudencia. Pero la virtud de la prudencia, al igual que vemos en todas las demás virtudes, no es suficiente para poder santificarnos. Es por ello que Dios nos ha dado por medio del Espíritu Santo el don de Consejo. La prudencia es regida por la razón, el don de Consejo por el Espíritu Santo. La prudencia es utilizada por nosotros no siempre en el momento conveniente. El consejo siempre será dado por el Espíritu Santo en forma oportunísima. Finalmente, veamos la tercera diferencia: la norma de la virtud de la prudencia es la recta razón iluminada por la Fe. En cambio, la norma del don de Consejo es divina, es la norma de Dios Si queremos un ejemplo viviente de lo que es el hombre regido por el don de Consejo, allí tenemos a San Francisco de Sales, el santo de la discreción. Él tomó como lema la fórmula de la Prudencia: “Ni más, ni menos”. Pero para poder llegar a ser el santo de la discreción, tengamos por cierto que no bastó la prudencia humana, fue necesaria una prudencia superior, el Don de Consejo. Los tres grados del Don de Consejo son los siguientes:

1°. El hombre acierta con rapidez en hacer todo lo que es la voluntad de Dios.

2°. Lo hace no solamente en las cosas necesarias de la vida en el orden espiritual, sino también en las cosas de consejo, en las cosas convenientes y útiles, pero no obligatorias. 3°. El hombre como que se levanta de la tierra y vive en un mundo superior. Su consejo en todos los casos es atinadísimo. ¿No es verdad que una de las más grandes miserias de esta vida, son nuestras incertidumbres? Dichosos los hombres que son conducido por la vida por el Espíritu Santo por medio del don de Consejo, porque van bajo la sombra de sus alas caminando por los senderos de la vida que han de llevarlas a la dulce eternidad. 

El don de Ciencia 

Hay una ciencia a nivel natural, que es muy útil al hombre y que la da todo su caudal intelectual. Hay otra ciencia a nivel sobrenatural que es la teología. -mitad divina y mitad humana-pero ninguna de estas dos es el don del Espíritu Santo. El don de Ciencia es la ciencia de los santos. Este don nos hace comprender divinamente a las criaturas para que por medio de ellas nos podamos elevar a Dios. La ciencia es discursiva, pasa de una verdad a otra, el don de Ciencia es intuitivo, intuye los enlaces misteriosos que unen a las almas y sobre todo, intuye el enlace principal entre las almas y su Creador. ¡Cuántas veces las criaturas nos seducen y nos alejan de nuestro camino, del camino recto y seguro hacia el cielo! Nos enseñan, esas criaturas a ser vanidosos, a mentir, y así, al vivir entre ellas, el placer nos envilece, el honor nos embriaga y los bienes materiales nos encadenan. Por el don de Ciencia podemos identificar todo esto que no hace bien al alma para apartarnos de ello. Pero si es verdad que hay vanidad en las criaturas, también es cierto que puede haber en ellas, un destello divino. En cada objeto del mundo hay el reflejo de su creación por Dios. Por ello cuando Dios contempló su creación vio “que todas eran buenas”

Después de su conversión San Francisco de Asís miró de una manera nueva todas las criaturas Recordemos sus expresiones: La hermana agua, el hermano sol, el hermano fuego, el hermano lobo. Y les pedía que callaran porque para él eran ensordecedores sus gritos de alabanza a Dios. Pero veamos un grado superlativo de este don de Ciencia, las almas que lo poseen ven el sufrimiento y las humillaciones de una manera nueva. ¿Y cómo explicar ese amor a las humillaciones y al sufrimiento? ¡Ah! Es que a la luz del don de Ciencia el sacrificio y la humillación tienen un sentido divino y sobrenatural. Están muy lejos de la vanidad, y al mismo tiempo contienen de una manera copiosa y opulenta el destello de lo divino. Por el sufrimiento y la humillación nos asemejamos a Jesucristo y nada hay sobre la tierra tan divina como todo lo que atañe a Jesucristo y nos asemeja a Él. 

El don de Entendimiento

El don de Entendimiento sirve para penetrar en las verdades sobrenaturales y leer en lo profundo de ellas. Para lograr lo anterior no es suficiente la Fe, ya que ésta consigue que creamos pero no penetra en esas verdades. Esta es la obra que realiza el don de Entendimiento: El Espíritu Santo nos mueve para que penetremos en las honduras de todas las verdades sobrenaturales. Pero también este don nos sirve para conocernos hondamente y vislumbrar la profundidad de nuestra miseria. Cuando una pieza está a media luz nos podemos hacer la ilusión de que está limpia; pero cuando se ilumina con una luz muy intensa, se ve claramente, el estado de limpieza en el que realmente se encuentra. A este don corresponde aquella bienaventuranza:

“Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios”

La limpieza del corazón y la paz del alma que de ella emana, son como fruto y premio del don de Entendimiento. Pero cuidado, el don de Entendimiento puede dejar al alma en profunda desolación con el fin de limpiar los ojos del alma, para que pueda un día mirar a Dios.

La forma más sencilla de pedir a Dios que nos mande o nos permita utilizar adecuadamente el don de Entendimiento es decir simplemente: ¡Señor, que yo vea! 

El don de Sabiduría.

El don de la Sabiduría abarca todos los conocimientos sobrenaturales y los coordina en Dios. Este don es el superior de todos los dones, inclusive del don de Entendimiento. Brota de la caridad y conduce a ella. Tiene una importancia capital en la contemplación sobrenatural. Y es por ello, que produce en nosotros la semejanza más perfecta con Jesucristo. Recordemos aquella frase de San Pablo: “Nosotros, contemplando a cara descubierta la gloria de Dios, nos vamos transformando en su misma imagen de claridad en claridad”.

Esta serie de claridades por las cuales se va el alma transformando en Jesucristo. Es el proceso del don de la Sabiduría, cuando el alma alcanza su perfecto desarrollo, el alma adquiere la imagen de Jesús. También debo hace notar la relación de el don de Sabiduría, con la séptima bienaventuranza. Esta dice: “Bienaventurados los pacíficos porque ellos serán hijos de Dios”.

Esta paz la produce el don de la sabiduría. Es una paz que está por encima de toda paz humana. Las almas que poseen en su perfección el don de Sabiduría, son los pacíficos y ellos son los hijos de Dios, porque tienen la imagen más perfecta que se ha grabado en los hijos de Dios. Los grados de este don también son tres: 1° Adherirnos a Dios. Logrando tener un juicio recto y una rectitud sobrenatural para juzgar las cosas divinas. 2°. En el segundo grado llegamos a tener un gusto especial de las cosas divinas. 3°. Mientras que en el tercer grado, el don de la Sabiduría nos hace conocer los tesoros del dolor y nos hace sentir un vivísimo deseo de él. A la luz del don de sabiduría, ¡Es tan bella la Cruz! ¡Es tan dulce el dolor! Que, donde está el dolor está la Cruz y en donde está la Cruz está el amor y donde está el amor está la perfecta alegría, la felicidad eterna. En los altos grados del don de Sabiduría, las almas viven como una vida celestial. Ya no quieren ver las cosas de la tierra. Ya todo lo ven en relación a la futura Patria. Esas almas comienzan a contemplar desde esta vida algo de Dios; miran todas las cosas con los ojos del amado y contemplan el universo desde la excelsa atalaya de la divinidad.

Derecho de autor

Esta obra se reserva el derecho de autor prescrito en la página http://sapi.gob.ve/?page_id=116 Este derecho nace con el acto de creación y no por el registro de la obra. Es el derecho que posee el autor sobre sus creaciones sean estas obras literarias, musicales, teatrales, artísticas, científicas o audiovisuales. Se considera Autor a la persona natural (persona física) que crea alguna obra literaria, artística o científica.  Se agradece a todos los lectores ceñirse a esta disposición




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