LAS BIENAVENTURANZAS - Mons. Luis María Martínez - NESTOR GERMAN RODRIGUEZ
COLECCION CIRCULOS BIBLICOS No. 3
INTRODUCCION
Debo confesar que para entender las Bienaventuranzas debe hacerse una lectura concentrada de los comentarios sobre cada una de ellas. Esto porque en algunos casos debe analizase a profundidad las palabras del Señor Jesús para comprender el sentido de la misma. Esto me inspiró a investigar sobre el tema, y encontré en el libro del Monseñor Luis María Martínez, la respuesta debida.
Espero sea de gran ayuda estas reflexiones.
NESTOR GERMAN RODRIGUEZ
Mons. Luis María Martínez, quien fuera obispo mexicano y Arzobispo Primado de México (1937-1956), trigésimo segundo sucesor de Fray Juan de Zumárraga y custodio de la venerada imagen de la Virgen de Guadalupe del Tepeyac. Actualmente se encuentra en proceso de beatificación y es llamado popular y afectuosamente como "el santo del Espíritu Santo", aun cuando no está canonizado.
Primera bienaventuranza.
“Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”
Aunque son ocho las bienaventuranzas, realizan una sola perfección. Como un rayo de luz blanca en que se funden los siete colores, así se funden los colores de todas las virtudes y de todos los dones para formar una luz celestial. Cada una de las bienaventuranzas expresa la perfección, pero con su propio matiz, y forman todas ellas una escala para subir a Dios. En la base de esta divina escala, está el desprendimiento de las cosas terrenas que tiene como principio el temor de Dios y como premio el reino de los Cielos y en consecuencia la posesión de los bienes celestiales. La pobreza de espíritu, según Santo Tomás de Aquino, es el desprendimiento total y voluntario de los bienes exteriores, honores y riquezas. Jesucristo enseñó muchas veces la necesidad de este desprendimiento para alcanzar la perfección:
Segunda Bienaventuranza
“Bienaventurados los mansos, porque poseerán la tierra”
Primero se transforma el hombre
de iracundo a manso, con una gran mansedumbre, de la que habla la segunda
bienaventuranza. La pobreza de espíritu la prepara puesto que ciega la fuente
más abundante de la ira: Sosegada el ansia de poseer, el alma está dispuesta
para la tranquilidad de la mansedumbre. El alma que tiende a la ira, utiliza
los dones del Espíritu Santo. Así, usa de los dones de Ciencia y Consejo para
orientarse en lo que debe hacer. Utiliza también la fortaleza para vencer su
carácter irascible. Y finalmente usa del don de Piedad para trocar en dulzuras
sus asperezas. A quienes tan perfecta mansedumbre alcanzan, Jesucristo les
ofrece como recompensa que poseerán la tierra. Se refiere sin duda a la tierra
de los vivientes de que habla tantas veces la Escritura, que la tierra de los
que mueren sería premio harto exiguo para quien ha merecido en la primera
bienaventuranza el reino de los cielos.
Tercera bienaventuranza.
Bienaventurados los que lloran porque serán consolados”
La tercera bienaventuranza se caracteriza por la luminosa explosión del Don de Ciencia. Bajo el influjo de este Don el alma logra una nueva visión de la vida, descubre el sentido profundo de las cosas terrenas, su fondo aparece desnudo ante sus ojos atónitos; y al bañarse de luz, siéntese conmovido hasta lo más profundo de su ser y llora, llora por mucho tiempo sin poderlo remediar. Estas lágrimas, cristalinas como la luz, amargas como el dolor y suaves como mensajeras del amor, producen en ella el milagro del consuelo. ¡Benditas lágrimas que en su corriente suave arrastran los restos de la vida terrenal! ¡Lágrimas fecundas, que caen sobre la tumba del hombre viejo, como cayeron las de Cristo en la tumba hedionda de Lázaro y que realizan, como las de Cristo, el prodigio de que brote la vida del fondo de la muerte!
Cuarta bienaventuranza.
“Bienaventurados los que tiene hambre y sed de justicia, porque serán saciados”
Tienen hambre y sed. Es una forma de expresar la vehemencia de su deseo. Justicia se entiende en el sentido del trabajo realizado para dar gloria a Dios. Así, el alma apurada por el aguijón del amor, cuya medida es no tener medida, busca con impaciente ardor la justicia, la cual anhela sin medir sus fuerzas porque cuenta con la fuerza de Dios. El origen de esta audacia asombrosa es el Don de Fortaleza. A la confianza en el divino poder que produce el Don de Fortaleza se añade el don de Piedad que nos hace mirar a Dios como Padre y al prójimo como a nuestros hermanos y el fuego de la caridad se enciende en nuestros deseos y se acrecienta nuestra audacia. Serán saciadas: Esto llega cuando todos los trabajos emprendidos por la justicia y el honor de Dios, florecen y dan su fruto.
“Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos conseguirán misericordia“
Consumada la obra divina de la justicia, quédale al alma un pendiente, si así puedo expresarme, más divina aún: la obra de misericordia. Es humano hacer nuestras las miserias de los que amamos; pero es divino amar aún a los enemigos. Es humano compadecernos de ciertas debilidades humanas: un niño enfermo, una doncella mancillada o una madre que llora por un mal hijo; pero inclinarnos a las miserias que aparecen sin velos tales como: corregir con dulzura al que yerra, perdonar las injurias por grandes que hayan sido, o sufrir con paciencia las flaquezas de los demás, lo repele el corazón humano, es más propio del corazón de Dios. Dios es misericordioso porque es infinito, nosotros somos egoístas porque somos limitados. Hay una justicia humana y otra Divina; no hay más que una misericordia divina, que por imitación se refleja en los hombres.
“Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios”.
La santa Escritura dice que “Dios
es luz” y la Iglesia clama para exaltar al Verbo, “Luz de Luz” y llama al
Espíritu Santo “Luz felicísima”. Para que las almas se bañen en luz, para que
sean luz, necesitan purificarse. “Erais en otros tiempos tinieblas, ahora sois
luz del Señor” dice San Pablo. Y para transformar las almas en la imagen de
Dios, deben subir de pureza en pureza, aquilatándose más y más. Dice San Pablo
Por eso la sexta bienaventuranza tiene por premio la luz, porque tiene por
mérito la pureza y tiempo es ya que el alma, brille como un sol transparente de
pureza, la pureza de la mente y la pureza de la inteligencia.
“Bienaventurados los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios”.
Las cosas de la tierra no son el fin ni el descanso de nuestro corazón y aunque lo atraen, porque llevan un reflejo divino, no lo sacian ni lo pacifican. ¡Si los hombres conocieran el amor de Dios! Sabrían que después de pasar los años en pobres amores, nos vamos a extasiar en un amor verdadero, excelso e inmortal, el amor de Dios. Pero la vida sigue la ley ineludible de toda vida terrena. Tiene flujo y reflujo. Como un océano se acerca e introduce en las grietas de las grandes rocas en la costa, así se acerca el alma al amado; pero al igual que el océano, en un segundo movimiento, sale de las grietas y se aleja con la resaca, dejando ver la playa y dejando, también, al alma con un Inmenso vacío y una honda herida de amor.
La séptima bienaventuranza ES LA CUMBRE DEL AMOR.
Octava Bienaventuranza
“Bienaventurados los que sufren
persecución por la Justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.”
Más alto que las siete cumbres que hemos contemplado solamente hay una, el calvario, porque en ella está Jesús crucificado, divino modelo de perfección y tipo incomparable de felicidad. La fórmula de la santidad, tal como aparece en la cumbre de la séptima bienaventuranza es esta: ser santo es ser Jesús. Es preciso completarla en esta octava bienaventuranza: ser santo es ser Jesús Crucificado. Estar como Él, desnudo, llagado, ultrajado, crucificado. Ser santo es ser víctima, es ofrecerse como sacrificio de adoración. Pero es también ser altar y sacerdote. Por eso en la octava bienaventuranza que es la de la persecución, la Cruz, es la consumación de todas las demás. En ella convergen como los ríos en el océano, todas las virtudes y dones del Espíritu Santo. Su Cruz es el prototipo de la felicidad, porque es el prototipo de la perfección, y en esta Cruz se encierran todos los méritos de las bienaventuranzas.









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