LAS VIRTUDES TEOLOGALES - EDICION DE NESTOR GERMAN RODRIGUEZ
INTRODUCCION
En una ocasión investigué lo relacionado
a las Virtudes Teologales, lo hice inspirado en buscar la fe que tanto hace falta
y muchas veces es incomprendida por su profundidad. Recuerdo haberme leído un
libro llamado “La Intimidad con Jesús” de Luis M Martínez, donde leí capítulos como
la importancia transcendental de la vida de fe, la necesidad de cultivarla, la intimidad
con Jesús nace de la vida de fe, s necesario vivir de la esperanza, el optimismo
cristiano nace de la esperanza y el Corazón de Jesús es todo amor y la
importancia de la Caridad, dentro de otros.
En virtud de la importancia del
tema me permito en transcribir lo que dice el Catecismo de la Iglesia Catòlica
sobre el tema.
Espero sea de su agrado.
NESTOR GERMAN RODRIGUEZ
VIRTUDES TEOLOGALES
LA FE
1814 La fe es la virtud teologal
por la que creemos en Dios y en todo lo que Él nos ha dicho y revelado, y que
la Santa Iglesia nos propone, porque Él es la verdad misma. Por la fe “el
hombre se entrega entera y libremente a Dios” (DV 5). Por eso el creyente se esfuerza
por conocer y hacer la voluntad de Dios. “El justo vivirá por la fe” (Rm 1,
17). La fe viva “actúa por la caridad” (Ga 5, 6).
1815 El don de la fe permanece en
el que no ha pecado contra ella (Cf. Cc. Trento: DS
1545). Pero, “la fe sin obras
está muerta” (St 2, 26): privada de la esperanza y de la caridad, la fe no une
plenamente el fiel a Cristo ni hace de él un miembro vivo de su Cuerpo.
1816 El discípulo de Cristo no debe sólo guardar la fe y vivir de ella sino también profesarla, testimoniarla con firmeza y difundirla: “Todos vivan preparados para confesar a Cristo delante de los hombres y a seguirle por el camino de la cruz en medio de las persecuciones que nunca faltan a la Iglesia” (LG 42; Cf. DH 14). El servicio y el testimonio de la fe son requeridos para la salvación: “Todo aquel que se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos; pero a quien me niegue ante los hombres, le negaré yo también ante mi Padre que está en los cielos” (Mt 10, 32-33).
LA
ESPERANZA
1817. La esperanza es la virtud
teologal por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna como
felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos
no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo.
“Mantengamos firme la confesión
de la esperanza, pues fiel es el autor de la promesa” (Hb 10,23). Este es “el
Espíritu Santo que Él derramó sobre nosotros con largueza por medio de Jesucristo
nuestro Salvador para que, justificados por su gracia, fuésemos constituidos herederos,
en esperanza, de vida eterna” (Tt 3, 6-7).
1818 La virtud de la esperanza
corresponde al anhelo de felicidad puesto por Dios en el corazón de todo
hombre; asume las esperanzas que inspiran las actividades de los hombres; las
purifica para ordenarlas al Reino de los cielos; protege del desaliento; sostiene
en todo desfallecimiento; dilata el corazón en la espera de la bienaventuranza
eterna. El impulso de la esperanza preserva del egoísmo y conduce a la dicha de
la caridad.
1819 La esperanza cristiana
recoge y perfecciona la esperanza del pueblo elegido que tiene su origen y su
modelo en la esperanza de Abraham en las promesas de Dios; esperanza colmada en
Isaac y purificada por la prueba del sacrificio. “Esperando contra toda esperanza,
creyó y fue hecho padre de muchas naciones” (Rm 4, 18).
1820 La esperanza cristiana se manifiesta desde el comienzo de la predicación de Jesús en la proclamación de las bienaventuranzas. Las bienaventuranzas elevan nuestra esperanza hacia el cielo como hacia la nueva tierra prometida; trazan el camino hacia ella a través de las pruebas que esperan a los discípulos de Jesús. Pero por los méritos de Jesucristo y de su pasión, Dios nos guarda en “la esperanza que no falla” (Rm 5, 5). La esperanza es “el ancla del alma”, segura y firme, “que penetra... a donde entró por nosotros como precursor Jesús” (Hb 6, 19-20). Es también un arma que nos protege en el combate de la salvación:“Revistamos la coraza de la fe y de la caridad, con el yelmo de la esperanza de salvación” (1 Ts 5, 8). Nos procura el gozo en la prueba misma: “Con la alegría de la esperanza; constantes en la tribulación” (Rm 12, 12). Se expresa y se alimenta en la oración, particularmente en la del Padre Nuestro, resumen de todo lo que la esperanza nos hace desear.
1821 Podemos, por tanto, esperar la gloria del cielo prometida por Dios a los que le aman (Cf. Rm 8, 28-30) y hacen su voluntad (Cf. Mt 7, 21). En toda circunstancia, cada uno debe esperar, con la gracia de Dios, “perseverar hasta el fin” (Cf. Mt 10, 22; Cf. Cc. Trento: DS 1541) y obtener el gozo del cielo, como eterna recompensa de Dios por las obras buenas realizadas con la gracia de Cristo. En la esperanza, la Iglesia implora que “todos los hombres se salven” (1 Tm 2, 4). Espera estar en la gloria del cielo unida a Cristo, su esposo: Espera, espera, que no sabes cuándo vendrá el día ni la hora. Vela con cuidado, que todo se pasa con brevedad, aunque tu deseo hace lo cierto dudoso, y el tiempo breve largo. Mira que mientras más peleares, más mostrarás el amor que tienes a tu Dios y más te gozarás con tu Amado con gozo y deleite que no puede tener fin. (S. Teresa de Jesús, excl. 15,3)
LA CARIDAD
1822 La caridad es la virtud teologal
por la cual amamos a Dios sobre todas las cosas por El mismo y a nuestro
prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios.
1823 Jesús hace de la caridad el
mandamiento nuevo (Cf. Jn 13, 34). Amando a los suyos “hasta el fin” (Jn 13,
1), manifiesta el amor del Padre que ha recibido. Amándose unos a otros, los
discípulos imitan el amor de Jesús que reciben también en ellos. Por eso Jesús dice:
“Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor”
(Jn 15, 9). Y también: “Este es el mandamiento mío: que os améis unos a otros
como yo os he amado” (Jn 15, 12).
1824 “Fruto del Espíritu y
plenitud de la ley, la caridad guarda los mandamientos de Dios y de Cristo:
“Permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi
amor”
(Jn 15, 9-10; cf Mt 22, 40; Rm 13, 8_10).
1825 Cristo murió por amor a
nosotros “cuando éramos todavía enemigos” (Rm 5, 10). El Señor nos pide que
amemos como Él hasta a nuestros enemigos (Cf. Mt 5, 44), que nos
hagamos prójimos del más lejano
(Cf. Lc 10, 27-37), que amemos a los niños (Cf. Mc 9, 37) y a los pobres como a
El mismo (Cf. Mt 25, 40.45).
El apóstol san Pablo ofrece una
descripción incomparable de la caridad: “La caridad es paciente, es servicial;
la caridad no es envidiosa, no es jactanciosa, no se engríe; es decorosa; no
busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la
injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera.
Todo lo soporta (1 Co 13, 4-7).
1826 ““Si no tengo caridad -dice
también el apóstol- nada soy...”. Y todo lo que es privilegio, servicio, virtud
misma... “si no tengo caridad, nada me aprovecha” (1 Co 13, 1-4). La caridad es
superior a todas las virtudes. Es la primera de las virtudes teologales: “Ahora
subsisten la fe, la esperanza y la caridad, estas tres. Pero la mayor de todas
ellas es la caridad” (1 Co 13,13).
1827 El ejercicio de todas las
virtudes está animado e inspirado por la caridad. Esta es “el vínculo de la
perfección” (Col 3, 14); es la forma de las virtudes; las articula y las ordena
entre sí; es fuente y término de
su práctica cristiana. La caridad asegura y purifica nuestra facultad humana de
amar. La eleva a la perfección sobrenatural del amor divino.
1828 “La práctica de la vida moral animada por la caridad da al cristiano la libertad espiritual de los hijos de Dios. Este no se halla ante Dios como un esclavo, en el temor servil, ni como el mercenario en busca de un jornal, sino como un hijo que responde al amor del “que nos amó primero” (1 Jn 4,19): O nos apartamos del mal por temor del castigo y estamos en la disposición del esclavo, o buscamos el incentivo de la recompensa y nos parecemos a mercenarios, o finalmente obedecemos por el bien mismo del amor del que manda... y entonces estamos en la disposición de hijos (S. Basilio, reg. fus. prol. 3).
1829 La caridad tiene por frutos
el gozo, la paz y la misericordia. Exige la práctica del bien y la corrección
fraterna; es benevolencia; suscita la reciprocidad; es siempre desinteresada y
generosa; es amistad y comunión: La culminación de todas nuestras obras es el
amor. Ese es el fin; para conseguirlo, corremos; hacia él corremos; una vez
llegados, en él reposamos (S. Agustín, ep.Jo. 10, 4).




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