LAS VIRTUDES CARDINALES - CATECISMO DE LA IGLESIA CATOLICA - Por Néstor Germán Rodríguez
LAS VIRTUDES CARDINALES
Tomado del Catecismo de la Iglesia Católica
Editado por Néstor Germán Rodríguez
LAS
VIRTUDES
1803 “…La virtud es una disposición habitual y firme a hacer el bien. Permite
a la persona no sólo realizar actos buenos, sino dar lo mejor de sí misma.
Con todas sus fuerzas sensibles y espirituales, la persona virtuosa tiende
hacia el bien, lo busca y lo elige a través de acciones concretas.
El objetivo de una vida virtuosa
consiste en llegar a ser semejante a Dios. (S. Gregorio de Nisa, beat. 1).
I LAS
VIRTUDES HUMANAS
1804 Las virtudes humanas son
actitudes firmes, disposiciones estables, perfecciones habituales del
entendimiento y de la voluntad que regulan nuestros actos, ordenan nuestras pasiones
y guían nuestra conducta según la razón y la fe. Proporcionan facilidad,
dominio y gozo para llevar una vida moralmente buena. El hombre virtuoso es el
que practica libremente el bien.
LAS
VIRTUDES CARDINALES
Distinción de las virtudes
cardinales
1805 Cuatro virtudes desempeñan
un papel fundamental. Por eso se las llama “cardinales”; todas las demás se
agrupan en torno a ellas. Estas son la prudencia, la justicia, la fortaleza y
la templanza. “¿Amas la justicia? Las virtudes son el fruto de sus esfuerzos,
pues ella enseña la templanza y la prudencia, la justicia y la fortaleza” (Sb
8, 7). Bajo otros nombres, estas virtudes son alabadas en numerosos pasajes de
la Escritura.
LA
PRUDENCIA
1806 La prudencia es la virtud
que dispone la razón práctica a discernir en toda circunstancia nuestro
verdadero bien y a elegir los medios rectos para realizarlo. “El hombre cauto
medita sus pasos” (Pr 14, 15). “Sed sensatos y sobrios para daros a la oración”
(1 Pe 4, 7). La prudencia es la “regla recta de la acción”, escribe santo Tomás
(s. th. 2-2, 47, 2), siguiendo a Aristóteles. No se confunde ni con la timidez
o el temor, ni con la doblez o la disimulación. Es llamada “auriga virtutum”:
conduce las otras virtudes indicándoles regla y medida. Es la prudencia quien
guía directamente el juicio de conciencia. El hombre prudente decide y ordena
su conducta según este juicio. Gracias a esta virtud aplicamos sin error los
principios morales a los casos particulares y superamos las dudas sobre el bien
que debemos hacer y el mal que debemos evitar.
LA JUSTICIA
1807 La justicia es la virtud
moral que consiste en la constante y firme voluntad de dar a Dios y al prójimo
lo que les es debido. La justicia para con Dios es llamada “la virtud de la religión”.
Para con los hombres, la justicia dispone a respetar los derechos de cada uno y
a establecer en las relaciones humanas la armonía que promueve la equidad
respecto a las personas y al bien común. El hombre justo, evocado con
frecuencia en las Sagradas Escrituras, se distingue por la rectitud habitual de
sus pensamientos y de su conducta con el prójimo. “Siendo juez no hagas
injusticia, ni por favor del pobre, ni por respeto al grande: con justicia
juzgarás a tu prójimo” (Lv 19, 15). “Amos, dad a vuestros esclavos lo que es justo
y equitativo, teniendo presente que también vosotros tenéis un Amo en el cielo”
(Col 4, 1).
LA
FORTALEZA
1808 La fortaleza es la virtud
moral que asegura en las dificultades la firmeza y la constancia en la búsqueda
del bien. Reafirma la resolución de resistir a las tentaciones y de
superar los obstáculos en la vida
moral. La virtud de la fortaleza hace capaz de vencer el temor, incluso a la
muerte, y de hacer frente a las pruebas y a las persecuciones. Capacita para ir
hasta la renuncia y el sacrificio de la propia vida por defender una causa
justa. “Mi fuerza y mi cántico es el Señor” (Sal 118, 14). “En el mundo
tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!: Yo he venido al mundo” (Jn 16, 33).
LA
TEMPLANZA
1809 La templanza es la virtud
moral que modera la atracción de los placeres y procura el equilibrio en el uso
de los bienes creados. Asegura el dominio de la voluntad sobre los
instintos y mantiene los deseos
en los límites de la honestidad. La persona moderada orienta hacia el bien sus
apetitos sensibles, guarda una sana discreción y no se deja
arrastrar “para seguir la pasión
de su corazón” (Si 5,2; Cf. 37, 27-31). La templanza es a menudo alabada en el
Antiguo Testamento: “No vayas detrás de tus pasiones, tus deseos refrenan” (Si
18, 30). En el Nuevo Testamento es llamada “moderación” o “sobriedad”.
Debemos “vivir con moderación,
justicia y piedad en el siglo presente” (Tt 2, 12).
Vivir bien no es otra cosa que
amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todo el obrar. Quien no
obedece más que a Él (lo cual
pertenece a la justicia), quien vela para discernir todas las cosas por miedo a
dejarse sorprender por la astucia y la mentira (lo cual pertenece a la
prudencia), le entrega un amor entero (por la templanza), que ninguna desgracia
puede derribar (lo cual pertenece a la fortaleza). (S. Agustín, mor. eccl. 1,
25, 46).
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