LA RESURRECCION DE JESUS - POR NESTOR GERMAN RODRIGUEZ

 


                             LA RESURRECCION DE JESUS

                             COLECCION CIRCULOS BIBLICOS No. 6

INTRODUCCION

En esta entrega presentamos el tema de la resurrección de Jesús, como leerán este hecho es el que fortalece la creencia al cristianismo. Hemos iniciado el escrito desde las epístolas de Marcos el Evangelista, pasamos por la aparición a María Magdalena, y el encuentro con los caminantes de Emaús y su presencia con lo apóstoles. Comparamos los evangelios  y agregamos comentario de teólogos. como se darán cuenta, es una recopilación que trato de dar forma.

Debo confesar que no soy conocedor a profundidad de la Santa Biblia y menos teólogo,  esto me ha animado a crear este blogs, no solo para aprender, sino trasmitirlo a los lectores de una manera sencilla, aunque es difícil por el exceso de información. Trataré con el tiempo mejorar estas entregas. Deseo que le sea de utilidad.

NESTOR GERMAN RODRIGUEZ

                              LA RESURRECCION DE JESUS

Los registros más antiguos escritos de la muerte y resurrección de Jesús son las epístolas de Pablo, que fueron escritas alrededor de dos décadas después de la muerte de Jesús, y muestran lo que los cristianos creían que había sucedido dentro de este marco de tiempo. En la epístola a los romanos, Pablo escribe que «su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, que era del linaje de David según la carne, que fue declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos» (Romanos 1:3-4). 

En 1 Corintios 15:13–14, 17, 20–22 Pablo escribe: Porque si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe. [...] y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana; aún estáis en vuestros pecados. [...] Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho. Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos. Porque, así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados.

No puede haber ninguna duda: Pablo es un firme creyente de la resurrección corporal. Aunque no hay relatos de Jesús abriendo los ojos, levantándose y saliendo de la tumba. 

En un momento posterior, en el camino a Damasco, Saulo de Tarso, entonces el mayor perseguidor de los primeros discípulos, se convirtió al cristianismo después de tener una extraordinaria visión y escuchar a Jesús, lo que lo dejó ciego durante tres días (Hechos 9:1-20). Saulo más tarde sería conocido como el apóstol Pablo (Hechos 13:6), uno de los misioneros y teólogos más importantes del cristianismo. 

La aparición de Jesús a Pablo lo convenció de que Jesús era el Señor y Cristo resucitado, quien lo comisionó para ser apóstol de los gentiles. Pablo se presenta a sí mismo no como el maestro de una nueva teología, sino como el mensajero encargado por la autoridad del Señor mismo de anunciar un nuevo hecho, a saber: que, en el ministerio, la muerte y la resurrección de Jesús, Dios ha actuado decisivamente para revelar y efectuar su propósito de redención para todo el mundo. Las enseñanzas del apóstol Pablo forman un elemento clave de la tradición y teología cristiana: el origen de la teología de la resurrección. Para la teología paulina es fundamental la conexión entre la resurrección de Cristo y la redención. Pablo explicó la importancia de la resurrección de Jesús como la causa y el fundamento de la esperanza de los cristianos de compartir una experiencia semejante. 

Los puntos de vista de Pablo iban en contra del pensamiento de los filósofos griegos, para quienes una resurrección corporal significaba una nueva prisión en un cuerpo físico, que era lo que ellos querían evitar; dado que para ellos lo corpóreo y lo material inmovilizaban al espíritu. Al mismo tiempo, Pablo creía que el cuerpo recién resucitado sería un cuerpo celestial; inmortal, glorificado, potente y espiritual, en contraste con el cuerpo terrenal, que es mortal, deshonrado, débil y natural. La resurrección de Jesús fue diferente de la resurrección de Lázaro: “En el caso de Lázaro, la piedra fue removida para que pudiera salir [...] el Cristo resucitado no necesita que la piedra sea removida, porque él se transforma y puede aparecer en cualquier lugar, en cualquier momento”.

Dice Pablo: Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí, Corintios 15:” Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras; y que apareció a Cefas (Pedro), y después a los doce. Después apareció a más de quinientos hermanos. Después apareció a Jacobo; después a todos los apóstoles; y al último de todos, como a un abortivo, me apareció a mí”.

Aunque los Evangelios y las epístolas de Pablo describen las apariciones a un mayor número de personas, solo las apariciones a los Doce Apóstoles cuentan como autoridad principal y sucesión apostólica. 

Mateo 28:1 señala que María Magdalena y la otra María fueron a ver el sepulcro. Después de la resurrección, Jesús le salió al encuentro. Después de que él las saludó, «Y ellas, acercándose, abrazaron sus pies, y le adoraron.

Después que avisaron a Pedro, este y el otro discípulo fueron al sepulcro, corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió más de aprisa que Pedro, y asomándose, vio los lienzos puesto allí y el sudario enrollado aparte. El cuerpo de Jesús no había sido robado, pero no entro. Pedro entro al sepulcro y observó lo mismo. Entonces entró el discípulo y vio y creyó.

Si Cristo estaba muerto, y el sepulcro vacío, y nadie robo el cadáver, solo queda una explicación: Cristo resucitó.

Los cuatro evangelios reportan que las mujeres fueron las primeras en encontrar la tumba vacía de Jesús, aunque el número varía de uno (María Magdalena) a un número no especificado.  De acuerdo con Marcos y Lucas, el anuncio de la resurrección de Jesús fue hecho por primera vez a las mujeres. De acuerdo con Marcos y Juan, Jesús realmente se apareció por primera vez (Marcos 16:9 y Juan 20:14) solo a María Magdalena. 

En los evangelios, especialmente los sinópticos (Evangelios de San Mateo, Marcos y Lucas), las mujeres desempeñan un papel central como testigos de la muerte de Jesús, su sepultura, y en el descubrimiento de la tumba vacía.57 Los tres sinópticos en repetidas ocasiones hablan de las mujeres junto con el verbo «ver», presentándolas claramente como testigos oculares. 

Después de descubrirse la tumba vacía, los evangelios indican que Jesús hizo una serie de apariciones a los discípulos. Él no era reconocible de inmediato, según Lucas.  Lucas es muy insistente en que «el Señor resucitado podía ser tocado, y podía comer» (Lucas 24:39-43). 39 Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy; palpad, y ved; porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo 40 y diciendo esto, les mostró las manos y los pies. 41 Y como todavía ellos, de gozo, no lo creían, y estaban maravillados, les dijo: ¿Tenéis aquí algo de comer? 42 Entonces le dieron parte de un pez asado, y un panal de miel. 43 Y él lo tomó, y comió delante de ellos. 

El Evangelio de Marcos termina con el descubrimiento de la tumba vacía por María Magdalena, Salomé y «María la madre de Jacobo». Un ángel en el sitio de la tumba les anunció que Jesús había resucitado, y les ordenó «decid a sus discípulos, y a Pedro, que él va delante de vosotros a Galilea; allí le veréis, como os dijo» (Marcos 16:7). Además, señala que Jesús se apareció primero a María Magdalena, luego a dos seguidores fuera de Jerusalén (Camino de Emaús), y luego a los once apóstoles restantes, comisionándolos a difundir «las buenas nuevas» (evento a menudo referido como la «Gran Comisión»), diciendo: «El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado» (Marcos 16:16)

En Mateo, Lucas y Juan, el anuncio de la resurrección es seguido por las apariciones de Jesús primero a María Magdalena y luego a otros seguidores. Mateo describe una sola aparición en Galilea, Lucas describe varias apariciones en Jerusalén, Juan menciona apariciones tanto en Jerusalén como en Galilea. En algún momento, estas apariciones cesaron en la comunidad cristiana primitiva, como se refleja en las narraciones del Evangelio: Hechos de los Apóstoles señala que Jesús siguió «apareciéndoseles durante cuarenta días» (Hechos 1:3). Lucas describe a Jesús ascendiendo al cielo en un lugar cerca de Betania (Lucas 24:50-51). 

En el Evangelio de Mateo, un ángel se le apareció a María Magdalena en la tumba vacía, diciéndole que Jesús no está allí porque ha sido resucitado de entre los muertos, e instruyéndola a decirle a los otros seguidores que vayan a Galilea para encontrarse con Jesús. 

Los dos primeros discípulos a los que se apareció, caminaron y hablaron con él durante bastante tiempo sin saber quién era (el camino de la aparición de Emaús, Lucas 24:13-32). Él se dio a conocer «al partir el pan» (Lucas 24:35). Cuando se apareció por primera vez a los discípulos en el Cenáculo, Tomás no estaba presente y no quiso creer hasta una aparición posterior, donde fue invitado a poner su dedo en los agujeros en las manos y el costado de Jesús (Juan 20:24-29). Junto al mar de Galilea animó a Pedro a servir a sus seguidores (Juan 21:1-23). 

En Galilea, el Señor apareció dos veces: primero a siete discípulos, en la segunda ocasión en la pesca milagrosa (cf. Jn 21, 1-23), junto al mar de Tiberíades, y luego al grupo de los Once en una montaña designada por el Señor (cf.9 abr 2021

Aunque ningún Evangelio da un registro inclusivo o definitivo de la resurrección de Jesús o sus apariciones, hay puntos en los que convergen los cuatro evangelios:  1. Resaltar el removimiento de la piedra que estaba cerrando la tumba. 2. La vinculación de la tradición de la tumba vacía y 3. la visita de las mujeres con «el primer día de la semana». 

Que el resucitado Jesús eligió primero aparecerse a las mujeres (o a una mujer) y encargarles a ellas (ella) proclamar este hecho tan importante a los discípulos, incluyendo a Pedro y los otros apóstoles.

Su última aparición sucede como cuarenta días después de la resurrección, cuando fue «recibido arriba» en el cielo (Lucas 24:44-53, Hechos 1:1-4), y se sentó a la diestra de Dios (Marcos 16:19, Colosenses 3:1).

Los cuatro evangelios contienen pasajes en los que se describe a Jesús como el que predice la resurrección venidera, o contienen alusiones que «el que lee, entienda» (p. ej., Marcos 2:20, Juan 2:19–22 y otros lugares); y tres clímax con sus apariciones póstumas después de haber sido crucificado (excepto en el final corto original de Marcos). El momento de la resurrección en sí no se describe en ninguno de los evangelios. 

Jesús es descrito como «el primogénito de entre los muertos», el primero en resucitar de entre los muertos y, por lo tanto, adquiere el «estatus especial del primogénito como hijo y heredero preeminente». Su resurrección es también la garantía de que todos los cristianos muertos serán resucitados en el retorno glorioso de Cristo para el juicio final. 

Después de la resurrección, se describe a Jesús proclamando «salvación eterna» a través de los discípulos (Marcos 16:8), y posteriormente llamó a los apóstoles a la Gran Comisión (Mateo 28:16-20, Marcos 16:14–18, Lucas 24:44-49, Hechos 1:4-8 y Juan 20:19–23), en el que los discípulos recibieron el llamado «para que el mundo conozca las buenas nuevas de un Salvador victorioso y la misma presencia de Dios en el mundo por el espíritu». 

y luego, siguiendo a Marcos 16:7, Jesús se apareció a todos los discípulos en una montaña en Galilea, donde proclamó que «[t]oda potestad me es dada en el cielo y en la tierra», y comisionó a los discípulos a predicar el evangelio a todo el mundo. Mateo presenta la segunda aparición de Jesús como una deificación, comisionando a sus seguidores a «haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado» (Mateo 28:16-20). 

Después de su muerte por crucifixión, Jesús fue colocado en una tumba nueva que fue descubierta vacía en la madrugada del domingo. El Nuevo Testamento no incluye un relato del «momento de la resurrección». En los iconos de la Iglesia oriental no se representa ese momento, pero muestran a las mujeres mencionadas en el Nuevo Testamento que estuvieron directamente implicadas en el entierro o que descubrieron la tumba vacía.  

Las principales apariciones de Jesús resucitado en los evangelios canónicos (y, en menor medida, en otros libros del Nuevo Testamento) son reportadas como ocurridas después de su muerte, sepultura y resurrección, pero antes de su ascensión. 

El Evangelio de Marcos dice que cuando José de Arimatea pidió el cuerpo de Jesús, Pilato se sorprendió que Jesús ya estuviera muerto, y llamó al centurión para confirmar esto antes de dar el cuerpo a José. En el Evangelio de Juan, se hace constar que José de Arimatea fue asistido en el proceso de enterramiento por Nicodemo, quien llevó una mezcla de mirra y áloe e incluyó estas especias en la ropa de entierro por las costumbres judías (Juan 19:38-42).

La historicidad y el origen de la resurrección de Jesús ha sido objeto de investigación y debates históricos, así como un tema de discusión entre los teólogos. Los relatos de los Evangelios, incluyendo la tumba vacía y las apariciones de Jesús resucitado a sus seguidores, han sido interpretados y analizados de diversas maneras: como relatos históricos de un evento literal, como relatos precisos de experiencias visionarias, como parábolas escatológicas no literales y como fabricaciones de escritores cristianos primitivos, entre varias otras interpretaciones. Algunas hipótesis son, por ejemplo, que Jesús no murió en la cruz, que la tumba vacía fue el resultado de que el cuerpo de Jesús fue robado o (como era común con las crucifixiones romanas) que Jesús nunca fue sepultado. Los historiadores posteriores a la Ilustración trabajan con el naturalismo metodológico, lo que les impide establecer milagros como hechos históricos objetivos.

Dichosas dudas, providencial obstinación de algunos en negarse a conceder fácilmente su fe a aquello que sus ojos se resistían a dar, por cierto. No sin razón se ha dicho que la prolongada incredulidad de Tomás ha reportado a la Iglesia mayores ventajas que la pronta adhesión de la Magdalena. No inventaron ellos la resurrección; más bien hicieron cuanto estaba de su parte por negarla. A las palabras de las mujeres no prestaron ningún crédito, pues «les parecieron delirio» (Lucas 24,11). Idéntica repulsa encontraron en el grueso de los discípulos aquellas noticias traídas por los primeros apóstoles que hallaron vacío el sepulcro. «Y al fin se manifestó a los Once, estando recostados a la mesa, y les reprendió su incredulidad y dureza de corazón, por cuanto no habían creído a los que le habían visto resucitado de entre los muertos» (Marcos 16,14). 

Son muchos los exégetas (comentaristas) que explican que la resurrección de Jesús no fue un hecho histórico comprobado, sino una certeza basada en la fe de que con la muerte de Jesús no había acabado todo, y de que él no había permanecido en ella, sino que había entrado en la vida eterna de Dios. Fe que, en palabras del teólogo Hans Küng, «descansa en la convicción de una muerte natural  y de una acogida en la verdadera y auténtica divinidad, entendida ésta como el estado final del ser humano libre de todo sufrimiento. Jesús no entró en la nada al morir, sino que en la muerte y desde la muerte fue acogido por la realidad más real, a la que damos el nombre de Dios». «La resurrección -añade-, que es algo completamente distinto a la recuperación de los restos mortales, hace referencia a una forma de vida totalmente diferente en la que lo terrenal ha quedado superado. No tenemos por qué vincular la resurrección a ningún hecho fisiológico».

Por tanto, el mensaje es: “El crucificado vive para siempre junto a Dios como compromiso y esperanza para el hombre”. No es un retorno a esta vida espacio-temporal, ni tampoco una continuación de ella, sino una “asunción de la realidad última”; es un acontecimiento de la nueva creación.

H. Küng aborda el espinoso tema de la resurrección de Jesús, de las apariciones y de la vida después de la muerte. Evidentemente, sin embargo, no se pueden tratar estos temas desde el punto de vista de la historia, dice, sino de la fe.

“El punto de partida es que con la muerte de Jesús no se acabó todo, sino al revés: la “causa de Jesús siguió” tras su fallecimiento, tomó entonces impulso y continuó hacia delante con más fuerza si cabe. Comenzó así una nueva época de la historia universal, teñida o gobernada por el “cristianismo”, o seguimiento del Cristo, el Mesías”. 

En la teología cristiana, la muerte y resurrección de Jesús constituyen los eventos más importantes y, como consecuencia, forman el fundamento de la fe cristiana. La fe fue un redespertar para los discípulos de Jesús. Su resurrección es la garantía de que todos los cristianos muertos serán resucitados en la segunda venida de Cristo.

De acuerdo con el Nuevo Testamento, Jesús fue resucitado por Dios, ascendió al cielo, a la «diestra de Dios», y volverá de nuevo para cumplir el resto de la profecía mesiánica como la resurrección de los muertos, el Juicio Final y el establecimiento del Reino de Dios.

La historia de la resurrección aparece en más de cinco lugares en la Biblia. En varios episodios en los cuatro Evangelios, Jesús anuncia su subsiguiente muerte y resurrección, que él afirma es el plan de Dios Padre. Los cristianos consideran a la resurrección de Jesús como parte del plan de la salvación y la redención mediante la expiación del pecado del hombre. La creencia en una resurrección corporal de los muertos llegó a ser bien establecida dentro de algunos sectores de la sociedad judía en los siglos previos a la época de Cristo, según lo registrado por Daniel 12:2, de mediados del siglo ii a. C.: «Y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados, unos para vida eterna, y otros para vergüenza y confusión perpetua».

La Resurrección, son el paradigma para todos sus seguidores que, fortalecidos por el Espíritu, dedican su existencia al bien del prójimo, al bien de la humanidad. Éste es nuestro reto, éste es nuestro gozo, lo dice Emilio J. Soriano, miembro de las comunidades cristianas.

Según el profesor y comentarista Juan Mateo, este acontecimiento se formula en el Nuevo Testamento de tres formas distintas: «En primer lugar, como que Jesús 'sigue vivo', formulación que pone el acento en que la muerte física no interrumpe la vida personal porque quien posee el Espíritu de Dios -fuerza de vida de Dios mismo- goza de una vida que no puede ser destruida por la muerte. En segundo lugar, como que 'ha resucitado'; es decir, Dios reivindica a Jesús dándole nueva vida. Finalmente, como que 'ha sido exaltado', o 'está a la derecha de Dios'. Con esta expresión se subraya la condición divina de Jesús y la gloria de su nuevo estado después de la muerte». 

En palabras de J. A. Pagola, la resurrección fue una explosión de vida y esperanza. “El encuentro con el resucitado transformó de raíz la vida de los discípulos. También puede transformar la nuestra. La resurrección de Jesús es la razón de nuestra esperanza, pero no somos cristianos para garantizarnos una vida de plenitud en el más allá. No vivimos para resucitar, vivimos para amar. No basta con promulgar y celebrar el hecho pascual afirmando que también nosotros resucitaremos”.

“Nuestra resurrección empieza aquí y ahora, porque es una llamada a vivir con los valores que Jesús nos transmitió de palabra y obra. La interpelación que para nuestra existencia suponen la vida, muerte y resurrección de Jesús es vivir con los valores que él vivió”.

“Somos cristianos porque nos sentimos llamados a vivir de un modo distinto al que nos llaman los valores de la sociedad que nos rodea, porque no queremos que el verdadero Dios de esta sociedad, el dinero, nos esclavice y mediatice. Somos cristianos si somos luz en este mundo injusto, egoísta y violento. Somos cristianos cuando nos ubicamos junto a los más desfavorecidos y desde ese lugar trabajamos con testimonio y profecía. «Lo fundamental es comprender la resurrección de Jesús en relación con las víctimas de este mundo», dijo Jon Sobrino. “El encuentro con el resucitado promueve un cambio de vida y de valores con amplia repercusión en todos los ámbitos de la existencia: antropológico, religioso, cultural, socio-político, ecológico, etcétera”.

Somos seguidores de Jesús porque una vida así vivida es lo que de verdad nos da felicidad, Sermón del Monte (Mateo 5, 1- 20). Invocando la utopía como elemento dinamizador e inspirador del cambio individual y social hemos de hacer nuestro propio recorrido. La vida de Jesús, incluidas la Cruz y la Resurrección, son el paradigma para todos sus seguidores que, fortalecidos por el Espíritu, dedican su existencia al bien del prójimo, al bien de la humanidad. Éste es nuestro reto, éste es nuestro gozo.

A partir de su análisis, Géza Vermes otro analista, presenta seis posibilidades para explicar el relato de la resurrección de Jesús: (1) «El cuerpo fue retirado por alguien ajeno a Jesús», (2) «el cuerpo de Jesús fue robado por sus discípulos», (3) «la tumba vacía no era la tumba de Jesús», (4) «Enterrado vivo, Jesús más tarde salió de la tumba», (5) «Jesús se recuperó de un coma y se fue de Judea», y (6) «la posibilidad de que hubiera una ‹resurrección espiritual, no corporal›». Géza Vermes establece que ninguna de estas seis posibilidades es susceptible a ser histórica.

En la teología cristiana, la resurrección de Jesús es el fundamento de la fe cristiana (Corintios 15:12-20), Pedro 1:3). Los cristianos, por la fe en el poder de Dios (Colosenses 2:12), son resucitados espiritualmente con Jesús, y son redimidos para que puedan andar en una nueva forma de vida (Romanos 6:4). La muerte y la resurrección de Jesús son los acontecimientos más importantes en la teología cristiana. Ellos forman el punto en las Escrituras donde Jesús da su última demostración de que él tiene poder sobre la vida y la muerte, por lo que tiene la capacidad de dar a la gente la vida eterna.

De acuerdo con la Biblia, «Dios lo resucitó de entre los muertos», ascendió al cielo, a la «diestra de Dios», y volverá de nuevo (Hechos 1:9-11) para cumplir el resto de las profecías mesiánicas, tales como la resurrección de los muertos, el juicio final y el establecimiento del Reino de Dios (mesianismo y Era Mesiánica).

Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho. Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos. Porque, así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados. 

La muerte de Jesús fue interpretada a la luz de las Escrituras como una muerte redentora, siendo parte del plan de Dios. Las apariciones también llevaron a la reanudación de la actividad misionera de los seguidores de Jesús. ​ Pedro asumió inicialmente un papel de liderazgo en la primera ekklēsia (que formó después la base para la sucesión apostólica). ​ 

Los escritos del Nuevo Testamento sostienen que la resurrección fue «el comienzo de su vida exaltada(fanática) ». Jesús es el «primogénito de los muertos», el primero en resucitar de entre los muertos y, por lo tanto, adquiere el "estatus especial del primogénito como hijo y heredero preeminente".

El erudito bíblico Géza Vermes, antes citado, sostiene que la resurrección debe entenderse como un resurgimiento de la confianza en sí mismos de los seguidores de Jesús, bajo la influencia del Espíritu, «incitándolos a reanudar su misión apostólica». Sintieron la presencia de Jesús en sus propias acciones, «resucitando, hoy y mañana, en los corazones de los hombres que lo aman y sienten que está cerca». (19​n. 15)​ Según Gerd Lüdemann dice: “Pedro convenció a los otros discípulos de que la resurrección de Jesús señalaba que el fin de los tiempos estaba cerca y que el Reino de Dios se acercaba, cuando los muertos serían resucitados, como lo demostró Jesús. Esto revitalizó a los discípulos, comenzando su nueva misión. 

Pedro afirmó enérgicamente que Jesús se le apareció, y legitimado por la apariencia de Jesús asumió el liderazgo del grupo de seguidores tempranos, formando la ekklēsia de Jerusalén mencionada por Pablo.

Dentro del cristianismo proto-ortodoxo, Pedro fue el primero a quien Jesús se apareció y, por lo tanto, el legítimo líder de la Iglesia. ​ La resurrección formó la base de la sucesión apostólica y el poder institucional de la ortodoxia como herederos de Pedro, describiéndole como «la roca» sobre la cual se construirá la iglesia. ​

Los Padres Apostólicos discutieron sobre la muerte y resurrección de Jesús, incluyendo a Ignacio de Antioquía, Policarpo de Esmirna y Justino Mártir. Quienes desarrollaron los temas encontrados en el Nuevo Testamento.

La creencia en la resurrección corporal fue una nota constante de la iglesia cristiana en la antigüedad. Agustín de Hipona la aceptó en el momento de su conversión en 386. Agustín defendió la resurrección y argumentó que, dado que Cristo ha resucitado, existe la resurrección de los muertos. Por otra parte, sostuvo que la muerte y resurrección de Jesús ocurrieron para la salvación del hombre, diciendo: «para lograr la resurrección de cada uno de nosotros, el Salvador pagó con su propia vida, y él antepuso y propuso su resurrección una vez, y solo una vez, a modo de sacramento y a modo de modelo».

El énfasis en el carácter salvífico de la Resurrección continuó en la teología cristiana en los siglos siguientes, por ejemplo, en el siglo VII, Juan Damasceno escribió que: «Cuando él liberó a los que estaban presos desde el principio de los tiempos, Cristo volvió de nuevo de entre los muertos, habiendo abierto para nosotros el camino a la resurrección», y la iconografía cristiana de los años subsiguientes representó ese concepto. 

La Pascua, la fiesta por excelencia que celebra la resurrección de Jesús, es claramente el festival cristiano más antiguo. Desde los primeros tiempos del cristianismo, se ha centrado en el acto redentor de Dios en la muerte y resurrección de Cristo.

La resurrección de Jesús es desde hace mucho tiempo el centro de la fe cristiana y aparece dentro de diversos elementos de la tradición cristiana, desde fiestas, representaciones artísticas y reliquias religiosas. En las enseñanzas cristianas, los sacramentos reciben su poder salvífico de la pasión y resurrección de Cristo, sobre la cual la salvación del mundo depende por completo.

Un ejemplo del entrecruzamiento de las enseñanzas sobre la resurrección con las reliquias cristianas es la aplicación del concepto de «formación de la imagen milagrosa» en el momento de la resurrección en el Sudario de Turín (Paño de la Verónica y Santa Faz). Autores cristianos han declarado la creencia de que el cuerpo alrededor del cual se envuelve la cubierta no era meramente humano, sino divino, y que la imagen en el sudario se produjo milagrosamente en el momento de la resurrección. Citando la declaración de Pablo VI: «[El sudario es] el maravilloso documento de la pasión, muerte y resurrección, escrito para nosotros con letras de sangre»; el sudario es un deliberado registro divino de las cinco etapas de la Pasión de Cristo, y creado en el momento de la resurrección.

Los cristianos celebran la resurrección de Jesús el Domingo de Pascua, dos días después del Viernes Santo, el día de su crucifixión.

¡JESUS VIVE! ¡EL SEÑOR HA RESUCITADO! ¡EN VERDAD RESUCITO!


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